Los chicos de Baradero: Dolor y responsabilidad

Sufren. Los padres de los  jóvenes no tienen consuelo. Tampoco sus compañeros de colegio. Sus vecinos y amigos sufren, porque  ya no están con ellos. Y deberían. Porque […]

Sufren. Los padres de los  jóvenes no tienen consuelo. Tampoco sus compañeros de colegio. Sus vecinos y amigos sufren, porque  ya no están con ellos. Y deberían. Porque eran jóvenes.

Sanos y llenos de vida. Porque eran alegres y compinches. Los que los conocían sufren y tienen bronca porque están convencidos que esto no debería haber pasado. Miguel y  Giuliana  tenían tan sólo 16 años y toda una vida por delante. Y da bronca que ya no estén. Y su bronca es absolutamente razonable.

No deberían estar muertos. Y todos buscan a los responsables. Y apuntan a las autoridades municipales. Se quejan del comportamiento de los inspectores de tránsito. De acuerdo a algunos testimonios, deducen que la camioneta con dos inspectores los  perseguían porque habrían querido detener  a la moto porque no usaban el casco, y los chicos no habrían respetado la orden y  huyeron. Los inspectores les habrían dado alcance, los habrían  encerrado, golpearon la moto y desencadenaron la tragedia. Comentan que esta conducta no es excepcional. Que los agentes, agresivamente, salen  a perseguir a los jóvenes en estos casos.

Nadie vio toda la escena y restan los peritajes que comprueben estos hechos o los desmientan. Más allá de esto, tal vez, los vecinos que han salido a condenar a las autoridades de la ciudad, tengan una parte de razón. La  autoridad municipal de tránsito no fue efectiva en su accionar. La  prueba más evidente y dolorosa lo constituyen estas dos vidas  tronchadas y una comunidad que, a pesar de comentar que se los  controla, no usa el casco mayoritariamente.

Fue terrible comprobarlo  en las escenas del funeral de los chicos. Las cámaras de  TV se  posaron en decenas de vecinos que circulaban en moto sin el casco. Y  esto es un grave indicador de que aunque, quizás, bien intencionada, esta política de seguridad vial no fue desarrollada con eficacia.

Falló la metodología de contralor, que debetener una finalidad  preventiva de accidentes y nunca provocar lo que desea evitar.  Controlar y sancionar es necesario y si se hace bien, salva vidas.  Capacitar a los agentes de tránsito para un desempeño efectivo  parece ser una asignatura pendiente. Y falló la concientización y  educación de la población. Toda acción de control y sanción debe ser  anunciada, explicada y elaborada con la comunidad para que sea  exitosa.

La mayor parte de la población debe estar convencida de que  ésta no tiene un  fin recaudatorio y sí del cuidado de la vida. La  seguridad vial se construye junto a  la comunidad, no contra ella.Sin embargo, en última instancia, más allá de los posibles errores  cometidos por los inspectores, es importante recordar, aunque  resulte doloroso admitirlo, que  los chicos murieron porque no  usaban el casco. Ese choque, que no tendría que haber sido, no los  hubiera matado si hubieran tenido el casco puesto.

El casco, que no  usaban, que hizo que los quisieran detener,  y que aceleraran para  escapar. Estas muertes son responsabilidad, en parte, de ellos  mismos que circulaban sin casco. De sus padres, que no supieron  darse cuenta de la importancia de no dejarlos salir sin  esa  protección. Y también de las autoridades que no los educaron, a  todos, para la prevención. Es una cadena de responsabilidades. O de  fatal ignorancia.

Sobre Alejandro Martínez Notte

Decidí hace un tiempo que quiero vivir el presente como si fuese el último día, improvisar siempre que pueda y viajar para cumplir mis sueños. Detrás de eso me encuentro. A esto le sumo el placer de poder compartirlo, a través de las redes, de internet y de los amigos que difunden mis contenidos. En Twitter @martineznotte

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