San Petersburgo, capital de los zares

Teleaire viaja a una ciudad que no admite calificativos. San Petersburgo, la capital de Rusia hasta 1917, impone su presencia desde que el avión aterriza. Palacios fastuosos, museos gigantescos y de larguísima historia, y una cultura imperial que se percibe en cada calle.

El paseo por esta inmensa ciudad, puede comenzar visitando la Iglesia del Salvador sobre la Sangre Derramada, o Iglesia de la Resurrección de Cristo. Se encuentra a orillas del canal de Griboyédova, y cerca de la Avenida Nevski, por lo cual, es fácil acceder allí en bus.

Su decoración de mosaicos es de o más representativo que puede apreciarse en toda Europa, respecto de esa técnica. Es, sin dudas, una gran representación del estilo ruso por excelencia. Su importancia histórica radica en que está emplazada allí donde fue asesinado el Zar Alejandro II, en 1881. Posee un iconostasio, es decir, una pared que contiene iconos ortodoxos, que bien valen detenerse.

Para obtener una vista privilegiada de todo San Petersburgo, conviene llegarse hasta la Catedral de San Isaac, que también es símbolo de la ciudad. Su cúpula dorada impone, gracias a los 100 kilogramos de oro que se utilizaron para construirla. Cuando hay sol, el viajero puede subir hasta allí y tomar fotografías invaluables.

La magnitud cultural, material y simbólica de una ciudad que supo ser capital de un imperio, se percibe en cada construcción. Por eso, es cuestión de tomar el metro, subterráneo, para quedar maravillado por las obras de arte que reposan bajo tierra. Las estaciones son verdaderos museos, de una pulcritud asombrosa.

El palacio de Peterhof está ubicado a 29 kilómetros del centro. Es otro destino donde cualquier turista se siente empequeñecido. En ese edificio, que era la residencia de los zares, dimitió Alejandro III frente a los bolcheviques, en 1917.

El palacio tiene el complejo de fuentes más grande del mundo. Dado que se encuentra a orillas del Golfo de Finlandia, en invierno se asiste al singular espectáculo que ofrece el agua del mar, totalmente congelada, sólida como el suelo de la orilla.

Cerca de allí, el Museo del Hermitage es una de las mayores pinacotecas del mundo. Conjuga 5 antiguos palacios entorno a lo que fuera la residencia de invierno de los zares. La magnitud de sus arañas, las esculturas, columnas, techos abovedados, lo dejan a uno boquiabierto.

Lo mismo ocurre con el palacio de Catalina, donde los zares pasaban el verano. Sólo para dar una referencia de lo magnífico de esta construcción, basta decir que contiene una cámara de ámbar, es decir, un inmenso ambiente decorado con esa piedra, cuyo costo superaba 2 veces el del oro, cuando fue construida.

Para terminar, y luego del impacto recibido por tanta historia y cultura imperial, nada mejor que degustar un plato típico ruso: el Borsch. Por supuesto, entrada, plato principal y postre, siempre acompañados de vodka.