Seúl, entre el frenesí capitalista y la calma de Buda

La capital de Corea del Sur se nos presenta dinámica, activa y con muchas propuestas para el visitante. Lejos de los prejuicios que datan de la Guerra Fría, Teleaire se atreve a recorrer las alternativas sorprendentes de esta ciudad, entre frenética y budista.

Si escribimos “Corea” en Google, los portales de noticias nos llenan las pantallas contándonos historias remotas de nombres impronunciables, que comienzan con la Guerra Fría y llegan al presente, un tiempo en que aparecen signos de acercamiento entre el Norte y el Sur, impensados hasta hace algunos años.

No obstante, nuestro espíritu viajero puede obstinarse en viajar a esas latitudes. Elijamos, pues, Seúl, la capital de Corea del Sur, la capitalista, esa en la que se celebraron los Juegos Olímpicos allá por 1988, y donde lo posmoderno y lo milenario se mezclan a cada paso.

La gran capital de Corea, Seúl

Seúl es la segunda ciudad más poblada del mundo. Según las encuestas, alrededor del 60% de los turistas que visitan la ciudad, tienen como objetivo principal ir de compras. Eso es factible, y recomendable, en el distrito Gangnam, de donde el cantante Psy tomó el nombre de su famoso Gangnam Style.

Allí se encuentra el centro comercial subterráneo más grande de Asia, el Coex Mall, que ofrece tiendas de las principales marcas a nivel mundial. Pero enfrente de este inmenso paseo de compras, en el mismo distrito Gangnam, el paisaje cambia completamente, porque se encuentra el templo de Bongeunsa, desde donde Buda observa, calmo, el vertiginoso ritmo de la vida occidental.

Para seguir profundizando en las particularidades de la cultura coreana, nada mejor que internarse en el mercado de Gwangjang. Es un laberinto de más de 100 años, en el que se puede comprar ropa, porciones de comida típica, hierbas medicinales, y comer en sus pasillos. Es la mejor manera de sentirse coreano, al menos por un rato.

Seúl, Corea

Una experiencia similar ofrece Bukchon, un barrio tradicional con templos budistas y casas Hanok: pequeñas construcciones coloridas, con techos a dos aguas, curvados hacia afuera, verdaderamente de película. Lo llamativo es que, desde lo alto del barrio, se observan los enormes rascacielos de cemento y vidrio, y las luces de la Seúl occidental, moderna, global.

¿Por dónde continuar? Templos o tiendas, podría preguntarse el viajero. Alejarse un poco de la urbe es un placer, y permite dejar a un costado la sed de consumo para dar lugar a la meditación. Los templos budistas cercanos a Seúl aparecen siempre bien calificados en sitios de viaje.

Habitualmente, en ellos no sólo se ofrece recorrer, meditar y escuchar el silencio, sino que es posible degustar platos veganos, acordes con las tendencias del turismo trendy.

Ya cerrando el viaje, y si viajamos durante noviembre o diciembre, conviene detenerse en el Festival de las Linternas (o Faroles, según la traducción) que consiste en lanzar al agua del arroyo Cheonggyecheon miles de muñecos construidos con el mismo papel con el que se fabrican los faroles de luz. Los visitantes pueden lanzar al agua sus deseos, en forma de barquitos de papel hermosamente iluminados.

Finalmente, es imposible perderse el museo Grevin, donde conviven estatuas de los más célebres personajes de Hollywood, en situaciones propias de las escenas que supieron protagonizar. El museo, de propuesta lúdica, invita a configurar una foto en la que podemos poner nuestra propia cara, en el marco de imágenes de película. Divertirse en Seúl, no está nada mal.